Desde la cueva: Just eat & Netflix

Desde la cueva: Just eat & Netflix 


Hay frases clásicas que, quien más y quien menos, todos hemos escuchado alguna vez; la que sigue, en su versión reducida, es seguramente una de las más repetidas:

“…desde hace tiempo —exactamente desde que no tenemos a quién vender el voto—, este pueblo ha perdido su interés por la política, y si antes concedía mandos, haces, legiones, en fin todo, ahora deja hacer y sólo desea con avidez dos cosas: pan y juegos de circo. (Juvenal, Sátiras X, 77–81.)

Tranquilos, que no voy a hablar de política, eso se lo dejo a otros, esta breve reflexión va un poco más allá, va al mismo motor de la acción del hombre ¿Qué es aquello que nos mueve cada mañana, que nos dispone al trabajo, al esfuerzo…?

Todos somos conscientes de que nuestro mundo vive y se catapulta hacia el futuro inmediato con una rapidez asombrosa. Somos incapaces de mantener, durante un tiempo razonable, nuestra atención puesta en alguien, o en algo, nos cuesta dejar de mirar obsesivamente el móvil, desde que pulsamos el botón de envío hasta que, por fin, tras 10 interminables segundos de espera, la persona al otro lado del aparato nos responde con un generoso “ok” o con el maléfico emoticono de la mano multiétnica con el pulgar en alto.

Spotify, Netflix, Just eat, Amazon… vivimos en el mundo del consumo instantáneo, del lo quiero, lo tengo… y ya me he cansado o se ha pasado de moda. Un tiempo en que la búsqueda del placer y la emoción instantánea inutilizan nuestra nuestras capacidades: somos incapaces de soportar la espera y la frustración, por eso, somos también incapaces de vivir… somos incapaces de un silencio que resulta esencial en la vida del hombre ya que, sin él, se volvería imposible la escucha y la contemplación y, de ese modo, la posibilidad de elevar los ojos del suelo a lo trascendente… somos incapaces de descubrir cuál es el sentido de nuestras vidas porque, tan ocupados como estamos por encontrar algún aliciente que nos ayude a levantarnos cada mañana, nos resulta suficiente el dejarnos llevar por el ritmo de un mundo que nos quiere dentro de su rueda para que nunca más tengamos que pensar, para que seamos cobayas de un experimento social en que el hombre ha dado paso a un ser más útil para los engranajes del sistema liberal: el ciudadano o el consumidor.

Nos hemos convertido en autómatas que vagan entre el trabajo (tantas veces en un régimen de semiesclavitud que hace inoperante el desarrollo de las virtudes del hombre) y la ociosidad bañada por el consumo, y que carecen ya de un espíritu crítico que manifieste el malestar ante la tiranía a la que es sometido en aras de un supuesto interés por el bienestar o la salud de los ciudadanos (basta contemplar lo sucedido desde que saltó a la palestra el COVID-19)

Abramos de nuevo los ojos al Bien, a la Bondad, a la Belleza. Salgamos de esta burbuja en que hemos sido introducidos: hagamos vida en familia, volvamos a capacitarnos para las verdaderas relaciones humanas, tratemos de trabajar… no para consumir, si no para dignificar nuestra vida y continuar nuestra labor de ser colaboradores de la Obra de Dios. Contemplemos nuevamente, con asombro, la belleza de la creación, acudamos a la lectura de los clásicos, de las grandes obras de la literatura, el cine o el arte que nos capacitan para el don de la vida… Y para esto, para poder pinchar esta burbuja y abandonar la rueda, devolvamos la primacía de nuestras vidas a Dios, pues “para ser libres nos ha liberado Cristo” (Gal 5,1). 

No esperemos a que otro nos lo dé todo hecho, pongamos lo poco que cada uno podemos aportar, para que la Obra de Dios de fruto abundante en nosotros.

Subiacense

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